Por Juan Colon
Que te escriba un poema me pediste,
cuando ya tu mirada penetraba el dorso de sus manos
en el cuenco donde duele.
Y todo el viernes de un año con su verano dentro
lo alocaste en mi pecho,
no me aparté de él.
El poema se hacía en las hojas carnales
con la tinta indeleble, viva,
donde la luz pone sus pies.
Me acerqué a tus colinas con su leche de almendra:
tembloroso de azules,
a manos de tus ojos,
a punto del poema.

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