Por Juan Colón.
Político y Poeta Dominicano
Si fuera dable escoger una edad en la que uno pudiera quedarse para
siempre, sin vacilación escogería ésta. Desde aquí el horizonte ya está definido, las aguas
turbias ya se perciben en su profundidad y su quietud, claro, con esa caja de
incógnita que siempre rodea la existencia.
Confieso que no supe cuando entré a esta edad, diría que me tomó de
sorpresa, tal es la prisa que acompaña la juventud. Aun cuando soy de
temperamento sosegado, la juventud, ese divino tesoro que refiere el poeta
Rubén Darío, aconseja siempre la prisa, verbigracia, recuerdo mis constantes
viajes al interior en labores de mi empresa, la velocidad a que manejaba era
tal, que nunca pude ver el paisaje, no me detuve a escuchar el oro que destila
el murmullo de un río, ni me dejé matar del puñal de un crepúsculo, es más, tan
sólo recién escuché mis suspiros después de hacer pipís detrás de un árbol;
Por eso, me fascina la paradoja de los hermanos Max... "-(...)
¿Hacia dónde vamos?, pregunta un hermano a otro-. (...). " -No lo
sé"- contesta-, pero vamos a prisa, así llegaremos pronto". Claro que
la edad temprana tiene encantos irrepetibles, como aquéllos en donde competía
con mis amigos con la orina -vaya un tema éste-, colocado en un extremo de un
canal a quién pudiera extender la pipí hasta el otro extremo, y era hermoso
mearse de risa y satisfacción si uno ganaba, por razones obvias no digo hasta
dónde extiendo ahora ese líquido.
Al llegar a los cincuenta no morimos de susto al ver los cambios del
organismo porque el espejo nos amortigua el golpe al mirarnos en él todos los
días, y con estos cambios viene el monólogo inevitable: "creíamos que la
vida era para siempre, y ahora sabemos que la eternidad es breve".
Entonces llegan las preguntas, qué se hicieron nuestras utopías;
"¿cuántas metas hemos logrado? y, aún las logradas; ¿dónde está el fuego
que las encendía? Claro que sigo teniendo utopías, pero de otro tipo... de
rostro de barro, de menos éter. Si llegara a tener 150 años, mi última utopía
sería que ningún ser humano muera de hambre y desnutrición.
Ahora he encontrado unos colores, unos matices, unas composiciones
de la vida, antes insospechada, y es dulce; es la pulpa del silencio.
-¿Qué hago yo aquí?- Pregunta Vladimir, a Estragón; personajes de
ese drama maestro tratado en dos actos titulado Esperando a Godot. Ellos están
en un camino solitario esperando un misterioso personaje llamado Godot. Pero la
cita se hizo en circunstancias indefinidas, sin horario, ni lugar, no obstante
los dos esperan, su único sentido de la vida es la espera de Godot; en tanto,
les ocurren las cosas más triviales, y lo más penoso es que, mientras el río
discurre, jamás vuelve a ser el mismo río. "Godot quizás nunca llegue,
porque es posible que Godot no exista", no encuentro metáfora más hermosa
para entender la vida de muchos mortales.
En fin, sin querer parafrasear a Roberto Benigni: "(...)
"La vida es bella", un campesino de mi campo Baoba del Piñal dice,
que vivir es el mejor negocio. Vivir para servir, para la solidaridad, para
hacer el bien, para viajar hasta llegar al corazón de los sueños; dejarme matar
por aquello que amo, si algo deseo en ésta etapa de la existencia es como dicen
los franceses, "que me mate aquello que me hace vivir".

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